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Vicent Franch i Ferrer
Vicent Franch i Ferrer (Borriana, 1949). Professor de Ciència
Política a la Universitat de València. Escriptor i assagista.
"Vaig escriure, uns dies després de la
mort de l'Ovidi un article a La Vanguardia que el senyor Foif va mutil.lar
miserablement. De sempre he esperat l'avinentesa per fer-li'l arribar a
algú complet, per si de cas val la pena tenir-lo present en una
recopilació d'escrits necrològics del nostre amic Ovidi."
L'Ovidi, o de los exilios.
Alguien dijo de él
que encarnaba ese aire proletario que se volvía poesía, rabia
y testimonio en escenarios cuyo espejo formaban (formábamos) la
progresía de finales de los sesenta y casi todos los setenta tan
maltrecha ahora en sus ilusiones como el dato final que se ha llevado a
quien antes otra fatalidad desterró de Alcoi a Barcelona.
Me resulta casi indecente
hablar ahora de ese tímido que se volvía gigante cuando Toti
Soler desataba sus manos como cristales en la boca de la guitarra y que
esgrimía muecas de impotencia ante el muro de lo inamovible. Esta
mañana, pues, y cierto en la previsión de lo que desde mucho
antes le esperaba, he vencido mi pudor, y, puesto que el azar no me guardó
plaza en sus cenizas -que es a la postre lo único solidario-, rememoraré
para él y para la ilustre cofradía de los supervivientes
de la vieja ilusión irresponsable una tenida de palabras que conjure
mi tristeza, y con ella, la de quienes viajaron con él de ese tránsito
de la esperanza en el todo a la cosecha de lo indeseado. Porque su sombra
oscura en el centro de un escenario -ese era nuestro Ovidi-, aplicado en
exponer la complicidad de sus gestos burlando la vigilancia chusca de un
miserable funcionario encargado de velar por las prohibiciones impuestas
por este o aquél Poncio Pilatos a sus canciones, fue también
y con el tiempo la muestra más fehaciente de un exilio poco dorado
en la urbe de sueños y quimeras -Barcelona- tantas veces imposibles
aquí, en nuestra casa. No fue el único que hizo las maletas;
pero corrió la misma suerte de otros que permanecieron en
el predio inhóspito del compromiso nacional i cívico en compañía
del disgusto, a veces el olvido y casi siempre la ingratitud de un pueblo
demasiado adicto a la negación como para sacudirse en vida el yugo
de la maledicencia que lleva hacia ninguna parte.
Ovidi emigró al territorio
amigo porque su país nunca le procuró nada estable, y cuando
vinieron las medallas y los aquelarres apresurados hicimos como que ya
habíamos cumplido. Le quisimos prisionero de sus viejas canciones
de guerra, nos alegramos de que volviera a sus primeros escenarios -los
del teatro- en películas de éxito; incluso celebramos que
aceptase papeles mediocres en series televisivas de estupor donde solo
era sombra, porque así no teníamos que interrogarnos
sobre el maltrato que dispensamos a quienes nos han dado su todo a cambio
de casi nada.
En el homenaje que le rindió
la 'Societat Coral El Micalet' hace pocos meses, una vieja entidad de impoluta
trayectoria valencianista -su 'Lycée' por excelencia en Valencia-,
concluidos los fastos que eran de menester, su presidente me dio y casi
por sorpresa, la palabra en honor de l'Ovidi. Y supe que el destino me
había dado el privilegio de una despedida en público. Imité
un gesto teatral suyo, en realidad una anécdota en la boca de metro
de les Rambles de Barcelona, cuando él me contó, después
de una visita emocionada al viejo call judío de Barcelona, de comprar
unos bombones de Can Farga que el regaló a mis hijas y de depositar
nuestra última moneda común en el sombrero petitorio de dos
músicos que estaban ajusticiando a Bach a los pies de la Catedral,
con la secreta intención de que fuera su primer capital para abandonar
la delincuencia, que 'les rambles', en contra de mi observación,
sí continuaban siendo una letra de bolero (yo decía que ahora,
solo de salsa); él había visto allí hacía pocos
días a un individuo que toreaba un imaginario enemigo ayudándose
con una boina: al término de la faena, la mostraba con gesto conminatorio
a los viandantes para recibir el correspondiente óbolo.
Entonces, él, l'Ovidi hizo lo propio, pero sin boina; y uno
que pasaba, al acercarle con un ademán estudiadamente brusco la
mano sin boina para que pagase el diezmo de la breve actuación hizo
como que nos quería pegar. Nos reímos hasta lo indecible
a cuenta de los titulares de prensa del día siguiente si el otro
consuma en golpe el amago, porque entonces yo me hubiera visto héroe
y la cosa hubiese acabado con 'cogida' del otro y 'noticia'.
Aquella noche, decía,
actué en público para él en homenaje a lo mucho que
el me dio en tantos años. Y casi nadie sabe que, después
de besarle con el cariño de los viejos amigos y cómplices,
lloré. Y cuando nos despedimos en el corazón del barri del
Carme de la vieja ciudad de Valencia le deseé que ese médico
de Zaragoza que iba a visitar después de recibir (¡otra!)
la medalla de su ciudad natal desmintiese los presagios. Pero los presagios
pudieron más, como suele ser habitual.
Ahora, lo que se diga y
no se dijo, lo que pudo ser y no fue, lo que se dirá sin el aconsejable
recato y lo que se callará con sonrojo poco añaden al dato
cierto de que anduvo lejos de su casa sin el placer de la aventura, fue
testimonio reiterado de nuestras habituales, certeras y crueles desmemorias
y que vivió para verlo, contarlo y denunciarlo. L'Ovidi fue aquí,
digamos lo que digamos, otro náufrago arrojado por un país
que no supo estar a las maduras con quienes le ayudaron en las duras. Cuando
sus cenizas vuelen por los tejados de su entrañable Alcoi a encontrarse
con los parajes insólitos donde 'Teresa ens ensenyà a ballar,
a cantar i a estimar...,' que el primer destello de oro de la mañana
de abril rinda las armas de moros y cristianos a un capitán de bandera
negra y alma blanca discretamente erguido en el centro de una luz y con
una minúscula cuartilla de papel en la mano con el orden de sus
canciones que nos recuerda lo que fue dignidad y testimonio. Y, sobre todo,
preservemos su memoria de discursos grandilocuentes.
Vicent Franch i Ferrer
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